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martes, 16 de julio de 2013

LA ESCUELA PÚBLICA EN ILO A FINES DEL SIGLO XIX

     A fines del siglo XIX existían en Ilo una escuela de varones regentada por el profesor Manuel Borda y otra de niñas a cargo de la profesora Leila Mendoza ambas de administradas por el concejo  que tenía a su cargo el pago del alquiler del local, el sueldo de los preceptores, la implementación de los locales y la compra del material de enseñanza, lo que no siempre se realizaba con prontitud ni en la cantidad adecuada. Ambos docentes hicieron renuncia al cargo en abril de 1889. Ese mismo año el alcalde don Lucas Folch reunió a los alumnos en un colegio mixto nombrándose preceptor a Timoteo Vásquez. la idea ni tuvo acogida entre la población, por lo que se decidió crear una escuela de varones de la que se hizo cargo Vásquez y otra de niñas de la que fue responsable doña Celia Hurtado.
     Diversas inspecciones concluyeron que, mientras la escuela de niñas andaba sin mayores problemas, en la de varones se evidenciaba frecuente inasistencia responsabilizándose de esta situación al preceptor Vásquez. Los locales alquilados para ambas escuelas no contaban con los ambientes adecuados lo que obligó a buscar un nuevo local tomándose en alquiler una casa que pertenecía a la señora Josefa Morales.
     En estas escuelas los alumnos rendían dos exámenes semestrales, uno en el mes de julio y otro en el mes de diciembre o enero y se incentivaba a los padres a enviar a sus hijos a la escuela otorgándose algunos premios. Así por ejemplo, en 1891 se entregaron dos tipos de premios: uno de cinco soles al padre que más se hubiese distinguido en mandar a sus hijos a la escuela y seis en caso de las hijas y otro de seis soles para aquella madre que más diligente se hubiera mostrado por el adelanto de sus hijos y cinco al padre bajo las mismas condiciones. A los alumnos de mayor rendimiento se les entregaban menciones honoríficas, libros, cortes de vestido para niños y de lana para las niñas. La evaluación estaba a cargo de una Comisión Censora que publicaba a  los premiados y una Comisión Examinadora que evaluaba y entregaba los resultados finales. Estos exámenes eran públicos pues la distribuía invitaciones a todas las autoridades y personas notables para el día 28 de julio, fecha de la ceremonia del aniversario nacional que sería aprovechada para realizar la premiación correspondiente.
     La premiación era pues una ceremonia especial en la que se entonaba el Himno Nacional , se leía el Acta de la Independencia, se daban las palabras de rigor y se hacía público el resultado final con el que se procedía a premiar a los mejores alumnos.  En 1891 las niñas con mejores rendimientos fueron: sobresalientes Rosa A. Bonatti, Eulalia Juárez y Cristina Villalobos, a quienes se les entregó un corte de tela; Bueno: Jesús Cornejo, Rosa Maturana y Elena Leonardo, a quienes les correspondió textos de instrucción y dos cortes de tela. En la escuela de niños: Sobresalientes: Jesús Alponte, Esteban Hurtado, Lucas Salcedo y Patricio Ascaño, a quienes se les entregó un corte de vestido y menciones honoríficas: Bueno: José Gasco, Antonio Mendoza, Francisco Vásquez y Emiliano Hurtado, a quienes les correspondió un corte de vestido.
     Como el ausentismo era el problema más persistente, a fines del siglo XIX se publicó un bando  en el que se obligaba a los padres a enviar a sus hijos a la escuela imponiéndose una multa a los padre que incumpliesen esta ordenanza y se autorizó a la policía municipal a informar de quienes, estando en la obligación de asistir a la escuela, no lo hicieran. Varias eran las causas de estas ausencias, entre ellas la negativa de quienes tenían niños empleados, las condiciones del local escolar, la falta de útiles y la poca dedicación de los  preceptores como admitieron algunos padres consultados por la autoridad.
     Durante la gestión de Cayetano Garibaldi algo de esto intentó superarse pues se distribuyeron cuadernos, pizarra, tinteros y lapiceros con sus plumas para aliviar en algo esta carencia. Se reunió a los padres en una sesión en el concejo y se concluyó que el preceptor Vásquez no había contribuido a la mejora de la instrucción por lo que se decidió culminar su trabajo y remplazarlo por el párroco Francisco Javier Zúñiga en enero de 1894. Si esto ocurría con la escuela de varones, situación diferente se evidenciaba en la escuela de niñas, cuya asistencia diaria es regular y la preceptora no sólo se dedicaba a la enseñanza de la lectura y escritura sino también se consagraba a enseñarles pese a su exiguo el sueldo de quince soles.
     El trabajo de Zúñiga tampoco fue muy adecuado pues se le acusaba de descuido en sus labores tanto por su edad como pro sus obligaciones religiosas lo que obligó en más de una ocasión postergar los exámenes previstos. Un informe al respecto de enero de 1999 señalaba que el plantel de varones está mal regentado y que nada de adelanto se había manifestado con relación a la prueba final del año 1897 y que por lo tanto era necesario otorgarle un voto de censura de parte de la municipalidad. Distinta era la situación de la preceptora Juana Bonatti de la escuela de niñas a quien se le dio un voto de agradecimiento “por el aprovechamiento y notorio adelanto de sus pupilas manifestado en los últimos exámenes rendidos.”
     Todo esto condujo a la municipalidad a clausurar esta escuela hasta que se consiga un preceptor diplomado con mayores actitudes para confiarle el plantel de instrucción que venía regentando desde hace más de seis años el Sr. Zúñiga con atraso de la juventud.” El cargo salió a concurso y se fijaron carteles a efecto de comunicarlo, dando un plazo de treinta días de convocatoria. Al concurso se presentó Calixto Herrera y el propio Zúñiga quien se resistía a su cambio. El concejo conformó el Jurado Calificador que estuvo compuesto por Pedro Valle y Cristobal Marten. Esta comisión realizó la evaluación y presentó el 10 de julio su dictamen final. Expuesto éste en sesión de Concejo y habiendo escuchado la opinión de cada uno de sus integrantes, se decidió mantener como preceptor de la escuela de varones a Zúñiga y a Calixto Herrera como auxiliar, pero dividiéndose ambos el sueldo asignado diez soles, cinco a Zúñiga y los otros cinco divididos en S/ 2,50 para cada uno. Esto no  impidió que a inicios del siglo XX esta escuela se clausure definitivamente.

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