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sábado, 11 de mayo de 2013

EL MATRIMONIO COLONIAL. PELEAS, DIVORCIOS Y ABUSOS.


Desde que hubo templo en el valle de Ilo, éste fue el lugar en el que se oficiaban las ceremonias de matrimonio, redactándose luego la partida respectiva, todas ellas hoy depositadas en el Archivo Arzobispal de Arequipa. Una de las curiosidades que presentan aquellas es que aparentemente todas corresponden a solicitudes de hombres foráneos, luego vecinos de Ilo, generalmente llegados por mar a estas tierras, y que contraen matrimonio con hijas de este vecindario. Sólo para considerar como ejemplos, tengamos presentes los siguientes matrimonios: el de Joseph García, español, natural de Galicia y de María Magdalena Vargas y Rendón, natural de Ilo, hija de Francisco Vargas y Bernabela Rendón casados el 16 de octubre de 1,794, el de Manuel Fernández, natural de Sevilla, con Bárbara Oviedo, natural de Ilo quienes contrajeron matrimonio el 30 de octubre de 1,778, el de Francisco García, natural de Cádiz y de María Martínez, ileña, hija de Nicolás Martínez y Toribia de Martínez (22 de febrero de 1,794); ese mismo día se casaron José Romero, natural también de Cádiz y Manuela Rendón, de Ilo, quien al no tener padres vivos, fue entregada en matrimonio por don Nicolás Martínez; el de Pedro Mugartey Barrenechea, quien hacia 1,814 fue Alcalde Constitucional de Ilo, y Paula Isabel Márquez, ileña de nacimiento, hija del fallecido Antonio Márquez y Teresa Oses, futuros abuelos del Mariscal Domingo Nieto. Uno de los testigos de este matrimonio fue don Francisco Nieto, padre de Domingo. Por último, el matrimonio de Francisco Vargas, moqueguano, y Luisa Collao, ileña, hija de José Collao y de Cayetana Villanueva, viuda inicialmente de Nicolás Rospigliosi.

La vida matrimonial no estaba exenta de dificultades y problemas que, a veces, llegaban a la violencia o culminaban en divorcio. En un interesante trabajo realizado por Bernard Lavallé, “Amor, amores y desamor en el sur peruano (1750-1800)”, se hace un estudio sobre las costumbres matrimoniales de la época en base a documentos ubicados en el Archivo Arzobispal de Arequipa bajo el nombre de Nulidad de matrimonio y causas penales. En este trabajo se ha logrado reunir la documentación sobre desavenencias matrimoniales que culminaron en divorcio o nulidad, así como los múltiples conflictos de naturaleza muy variada que suscitaron las infracciones a las normas entonces vigentes de las relaciones sentimentales y/o sexuales en el sur peruano en la segunda mitad del siglo XVIII.

La primera impresión que se desprende de este corpus –dice Lavalle- es la de una violencia generalizada y omnipresente en la vida de las parejas que podía surgir cualquiera que fuese su nivel social o su pertenencia étnica.” Luego de citar muchos casos en los que la violencia familiar, la infidelidad y el engaño se utilizan para romper el lazo conyugal, ya sea como causa real o como pretexto, Lavalle señala algunas prácticas en las que los religiosos se comprometían de manera escandalosa o, por lo menos, reprochable. El documento es interesante porque presenta de manera clara como a veces algunos curas se aprovechaban de la vigencia de las normas en los pueblos apartados, para proceder de manera por lo menos extraña y a veces escandalosa. En 1,788, la justicia eclesiástica abrió una causa criminal contra don Cayetano Manuel de Tapia, cura de la doctrina de Ilo. Éste había casado a Agustín Dávila con Gregoria Campos sin tener el consentimiento y en ausencia de sus abuelos que la criaban. A los dos días de casados los abuelos se presentaron llorando donde Tapia quien, condolido según afirmó más tarde, les explicó que no había problema pues podía descasar a la pareja, con la condición de que se le ofreciese otro novio potencial y, supuestamente —dijo él— después de consultar con las autoridades episcopales en Arequipa.

Habiendo devuelto la joven a sus abuelos que la golpearon copiosamente por haber actuado en su ausencia y luego de conseguir que el marido se alejara por ocho días, el cura publicó amonestaciones y, veintidós días después del primer matrimonio, volvió a casar a Gregoria pero con Pablo Aguilar, el novio que sus abuelos escogieron para ella tal como se habían comprometió. Agustín Dávila, el primer marido, pidió por supuesto la nulidad de esas segundas nupcias y solicitó el castigo del doctrinero que tan a la ligera había actuado con sus feligreses. El hecho de que él fuera indio y los familiares de su mujer mulatos y cholos en nada podía disculpar al cura, al contrario, la actitud del cura era inaudita y el caso fue muy sonado en toda la región, pues para todos era una verdad incuestionable que el santo sacramento del matrimonio es disoluble”

Elevado el caso a Arequipa, las autoridades eclesiásticas actuaron con celeridad. Se embargaron los bienes de Cayetano Tapia y fue separado perpetuamente de su beneficio. No sabemos sí la sanción fue confirmada al ser elevada a la instancia superior.

 El matrimonio no era, sin embargo, una garantía de fidelidad, como tampoco lo es hoy en día, pues hubieron algunos casos en los que el marido mantenía relaciones ilícitas fuera del matrimonio e incluso obligaba a la esposa a criar a los hijos que había tenido fuera de la unión conyugal. Y aunque el divorcio era ciertamente muy difícil, se dieron situaciones en las que en complicidad del párroco del valle; éste ese lograba sin mayores dificultades siempre que la persona que lo obtenía fuese generoso con el favor concedido.

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