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lunes, 18 de febrero de 2013

LOS ÚLTIMOS MOMENTOS DE DOMINGO NIETO

     A inicios de 1844 el Gran Mariscal Domingo Nieto estaba dedicado a la lucha contra el Directorio de Manuel Ignacio de Vivanco. Desde la creación de la Junta Provisoria de Gobierno de los departamentos libres del Sur en Tacna, se había empeñado en combatir la nueva intentona de autoritarismo que tenía a Arequipa como capital en el sur. Su trabajo había resultado exitoso pues Tacna, Moquegua, Arica, Tarapacá, Puno, Cuzco, Apurímac y Ayacucho lo habían secundado en este intento y habían demostrado su adhesión.

Pero esa campaña, la última que encabezaría en su corta pero impresionante carrera militar, sería a su vez la causante del deterioro de su salud de manera irreversible. Desde joven Nieto había padecido del hígado y esta situación era conocida por sus compañeros de armas. Agustín Gamarra, por ejemplo, en carta del  1 de febrero de 1831 le decía "Cuídese de que se repitan los ataques al hígado, porque es mala enfermedad. Yo lo quiero ver a Usted siempre sano y robusto, y al frente de los valientes Húsares que han llenado de gloria al Perú."

Lo exigente de las campañas que emprendió desde 1821 cuando ingresó al ejército, un irregular régimen alimenticio y el poco descanso a que estaba sometido contribuyeron a agravar su estado de salud que desde febrero de 1843 se hizo más patente y, pese a las recomendaciones médicas, no le dio la debida importancia pues, como escribió alguna vez, "es preciso ceder a las fatigas y a los males como el hambre y la sed, que si alguna vez se puede remplazar no es posible exasperarlas impunemente".

A inicios de febrero la campaña contra Vivanco lo llevó a Cuzco desde donde debía partir hacia Apurímac. Sin embargo su salud le impidió continuar la marcha pues desmejoró rápido, tuvo que guardar cama y ya solo en su habitación de reposo estuvo convencido de que la vida se le iba. Frases como “aguardo tranquilo y sin remordimientos la hora fatal en que, devolviendo mis restos mortales a la materia, vuele mi alma al seno de su Creador…”, “siento aproximarse el instante en que habré de ausentarme para siempre de vosotros…”, “voy a desaparecer de entre vosotros por ser cumplido el plazo que el Eterno fijó a mi existencia…”, “me despido de vosotros camaradas…”o por último “no seré ya de uno de vuestros conductores…” aparecen en sus últimos escritos. El día 15 tuvo fuerzas para dictar sus famosas proclamas al ejército y a la nación pero por recomendaciones expresas no se movió de su lecho de descanso. El 17 por la mañana departió con algunos camaradas de armas pero transcurrido el día su salud se agravó considerablemente por lo que mandó llamar al coronel José Gonzales Mugaburu, a don Pacífico Barrios, a don José Chipoco Rivero, al general Francisco Vidal y al párroco Pedro José Martínez a quienes nombró como testigos de sus últimos minutos, dictándole delante de ellos su testamento al escribano don Pablo del Mar y Tapia. Terminado esto, luego de unos minutos agregó un codicilio final en favor de la Virgen del Rosario y aunque estaba hasta ese momento consciente de sus actos, su pulso ya se mostraba débil por lo que no pudo firmar el documento haciéndolo a su pedido Barrios, Chipoco y Gonzales.

Cumplido que fue este acto protocolar y entrada la noche, Nieto pidió ser confesado acercándose a su lecho el Presbítero Pedro Martínez quien con anterioridad le había aplicado los sacramentos y estuvo con él hasta el último momento. Conversaron un momento y Nieto le solicitó  le haga llegar sus saludos al Obispo de Arequipa don José Sebastián de Goyeneche. Su confesión fue breve, quizá reconociendo a Dios como Padre y a María como Madre Santísima; debió pedir perdón por todo aquello que a su criterio debió haber hecho mal y seguro que encomendó su alma a Dios. Luego de esto, expiró. Eran las siete de la noche del 17 de febrero de 1844.

Alguien de los presentes se acercó y le puso un crucifijo en el pecho y cubrió su cuerpo con una sábana dejando al descubierto su rostro.

A las ocho de la noche, el Prefecto de Cuzco Francisco Vidal convocó a don José Gonzales Chipoco Rivero, Secretario General de la Secretaría General de la Suprema Junta de Gobierno, a los coroneles José Gonzales Mugaburu y Francisco Forcelledo y otros más a fin de que certificaran la muerte del Gran Mariscal. En silencio ingresaron a la habitación contemplando el cuerpo tendido en la cama en la que reposaba, con la cara descubierta y su cuerpo tapado con una sábana, mostrando un crucifijo en el pecho. El Escribano Mayor de Gobierno, don Pablo del Mar y Tapia se acercó al lecho y pronunció por tres veces la siguiente fórmula: "Excelentísimo Señor don Domingo Nieto". Luego de un prolongado silencio y al no recibir respuesta alguna, quedaron todos convencidos y certificados de la muerte del Gran Mariscal don Domingo Nieto Márquez, ordenándose luego redactar y firmar el Acta de Fe de su deceso.

Un hecho sublime le dio una connotación especial a estos últimos momentos de Nieto. Pensando en su esposa María Martínez y Pinillos, a la cual ya no vería pues ella estaba siendo deportada hacia Panamá con destino a Europa, solicitó a su amigo el coronel Pacífico Barrios que, una vez muerto separe su corazón y convenientemente depositado, se lo envíe a su esposa, última y póstuma demostración de amor hacia María. Este deseo sin embargo no pudo ser cumplido a cabalidad debido a las circunstancias en las que se encontraba María y su familia. El corazón debió esperar hasta 1890 año en que la última hija de Nieto, Fortunata, recibió de manos de Melita, hija del coronel Barrios, el corazón de su padre y procedió a depositarlo al lado de los restos de su madre, uniendo de esta manera a dos seres que el destino y la historia del Perú habían separado tercamente. En la actualidad el corazón de Nieto se conserva en un frasco en el mausoleo que la familia tiene en Lima como reliquia que honra a sus descendientes.

martes, 5 de febrero de 2013

EL CENTRO HISTORICO DE ILO

Definir un patrimonio arquitectónico tienen que ver con diversos factores, entre ellos, antigüedad de las construcciones, estilos arquitectónicos, significación histórica, materiales de construcción, estructura consolidada en la que se encuentran, etc.
Antes de 1868 el pueblo de San Gerónimo de Ilo se ubicaba en la margen izquierda del río Osmore, pero el maremoto del 13 de agosto de ese año obligó a reubicar el poblado en la bahía de Pacocha. En 1871 Juan Francisco Balta colocó la primera piedra del templo de San Gerónimo y de la estación del ferrocarril Ilo-Moquegua y una Comisión de Sitios se encargaba de repartir los nuevos lotes entre las familias reubicadas. Nacía así el nuevo pueblo de Ilo.
La nueva ciudad se diseñó a partir de la plaza de la Recoba, y de las bodegas ya existentes (como la de los Gambetta) y otras edificaciones como la casa de la familia Chocano Wherle y Malatesta. Esta fue la base del actual centro histórico y monumental de Ilo.
Rosa Bustamante escribe: “La arquitectura histórica de Ilo se caracteriza por el uso de muros anchos de adobe y también de quincha en las casas mas tempranas y por el uso de madera de lastre en las más tardías… existen pocas construcciones con paredes de “entablado a la intemperie”, que consiste en la superposición de las tablas colocadas horizontalmente… Son típicos los techos cuyas armaduras de madera tienen los hastiales truncados con entramado de caña y torteado de barro, siendo posteriormente remplazados con cubiertas de chapas metálicas.” (Bustamante, Rosa. Estudio Catastro e inventario monumental del centro histórico de Ilo. 1971)
Podemos identificar diferentes formas en este centro monumental: a) la casa urbana, b) los complejos familiares, como la casa Malatesta o lo que queda de ella (esquinas pichincha, Miramar, pasaje Malatesta), el complejo Gambeta (en la calle Abtao, esquina 2 de mayo, esquina Mirave), la casa de la familia Chocano (Abtao esquina Ayacucho) o la casona ubicada entre las esquinas de las calles Zepita, 28 de julio y Abtao, c) las bodegas ubicadas frente al mar de amplio espacio y de techo con doble jamba y ventilación lateral.
Parte integrantes de este patrimonio son los balcones, muchos de los cuales se mantienen en buen estado, tal como se puede apreciar en el contorno de la plaza Grau. De igual manera en algunas casas se pueden ver los corredores. Sobre las ventanas de las fachadas algunas casas conservan las rejas de fierro forjado que documentan la tradición arquitectónica de la ciudad desde fines del siglo XIX.
Lamentablemente este patrimonio no ha merecido la atención de entidades oficiales o privadas; su estado es, en algunos casos, ruinoso y en otros está descuidado, lo que no permite incorporarlo como parte de los atractivos turísticos locales, perdiéndose un rico filón. Subsisten, sin embargo, como tales el templo de San Gerónimo, algunas casonas y la glorieta del muelle que junto a éste forman un complejo de los pocos que la ciudad ha intentado conservar para el turismo y que se ha convertido en figuras emblemáticas de la ciudad.

JUAN TIDOW Y EL ALUMBRADO PÚBLICO.

    A inicios del siglo XX el alumbrado público en las calles de Ilo se realizaba mediante el uso de faroles o lámparas a petróleo, gasolina o aceite lampante que se colgaban en las intersecciones de las calles y que ofrecían un servicio deficiente y reducido, cuando en otros lugares era ya cada vez más común el uso de la energía eléctrica; y aunque se seguían adquiriendo estas lámparas, pronto llegó a Ilo la propuesta de dotar a la población de alumbrado eléctrico por intermedio del regidor Jorge Mariaza, quien dio cuenta de una oferta verbal hecha por don Horacio Dávila de Iquique destinada a implementar el alumbrado público en Ilo, al cual se le oficio expresándole el interés de la municipalidad por contar con dicho servicio y se le invitó a dar a conocer las condiciones de su ofrecimiento. Debido a que se recibieron otras propuestas se convocó a una licitación encargándose al ingeniero Abel A. Angulo que estudie y evalúe las mismas y remita al corporativo un informe, nombrándolo personero municipal en el tema. El 16 de marzo el concejo en pleno se reunió para evaluar la propuesta hecha por los señores “Malpartida y Cía.” y que fue, aparentemente, la más favorable, acordándose firmar con ésta el respectivo contrato que entre otros puntos establecía que el Concejo pagaría el alumbrado público de lámparas hasta por tres mil bujías, sólo pagaría seis centavos en lugar de ocho que proponía Malpartida y se comprometía a gestionar ante el gobierno 60 rieles que sirvan de postes. La tarifa de alumbrado para particulares sería: lámpara de 16 bujías dos soles al mes y las de mayor número diez centavos por bujía. En contrato final fue elevado a Moquegua para su aprobación.

Pero el 1 de mayo de ese año, el Ministerio de Fomento publicó la Resolución Suprema en la que concedía permiso al ciudadano alemán Juan Tidow para vender energía eléctrica a particulares como también para colocar postes y líneas aéreas en las calles y plazas de este puerto. El mismo Tidow solicitó al concejo celebrar contrato en ese sentido, exhibiendo la indicada Resolución Suprema. Más, como ya se había iniciado el proceso de contrato para el alumbrado eléctrico con la “Casa Malpartida y Cía.” el alcalde elevó los documentos de Tidow a Moquegua para que determine lo más conveniente. La demora en los trámites generó en la población malestar que el consejo se apresuró en aclarar.

El 7 de abril, la “Casa Tidow y Cía.” Alcanzó al municipio su propuesta,  encargándose a Julián Maura y Ernesto Rodríguez analizar el documento a la brevedad posible y realizar las observaciones que crean convenientes o se agregue lo que corresponda para beneficio de la población, informe que presentaron el 26 de abril. Siguieron propuestas y contra propuestas entre el concejo y Tidow hasta alcanzar un acuerdo en la parte más difícil en la que se acordó que “la firma Tidow y Cía. abone LP 1.0.00 por noche en que falte la luz, salvo casos fortuitos o de fuerza mayor, debiendo la citada firma proveer de alumbrado público con las lámparas que le proporcionará el concejo bajo inventario, corriendo por cuenta de estos la conservación y que lo que se refiere al contrato, este concejo se ceñirá a lo dispuesto en la Resolución Suprema del 30 de abril último en las bases presentadas por dicho señores en fecha 22 de mayo y 15 de setiembre del año ppdo. y que en consecuencia el alumbrado particular debe ser considerado a S/ 0,80 vatio.”

Logrados esto, en agosto de 1 926 Tidow debió instalarse en Ilo, por lo que adquirió en Lima un terreno en el puerto por el valor de 150 libras peruanas sobre el que construyó su fábrica, conocida luego con el nombre de "Pacocha". Finalmente, el 26 de setiembre, se firmó el contrato que señalaba entre otras cosas la obligación de Tidow proporcionarán luz eléctrica en los meses de mayo hasta agosto inclusive, de cinco pasado meridiano hasta las cinco antes meridiano con una red construida por ellos utilizando calles y plazas a su entera disponibilidad. En el alumbrado público se consideraba cuatro fotos de 100 varios en la Plaza de Armas, dos focos de 100 vatios en la Plaza del Mercado, un foco de 100 vatios en la Plaza Billinghurst, en la calle Abtao un foco 100 y tres de 60 vatios, dos en la calle Moquegua de 60 vatios, cinco focos en la calle Zepita de 60 vatios y en el resto de calles 24 focos de 40 vatios.  Por todo esto el concejo debía pagar a razón de cuatro 4,5 centavos por vatio pero para mantener el precio se debería consumir cierta cantidad mínima; así, para 1926 el consumo debía ser de 10 libras peruana, 12 en 1927, 13 en 1928 y 14 en 1929, y los años siguientes 15 libras al mes. Para el alumbrado privado el costo era de 10 centavos por vatio consumido. Este contrato se firmó por un lapso de 10 años.

Aunque a julio de 1925 aun no se habían instalado la red pública de servicio de alumbrado, debido a que no habían llegado los postes necesarios, Tidow, realizó una iluminación especial en la Plaza del Mercado para dar realce a las fiestas nacionales, recibiendo del concejo y del pueblo los agradecimientos correspondientes. Esta fue la primera demostración de las bondades del servicio de alumbrado eléctrico en Ilo.

En enero de 1928 “Tidow y Compañía” transfirió sus obligaciones contractuales a favor de don Otto Koepke quien a partir de ese momento se hizo cargo del servicio de alumbrado público y privado. Como la ciudad empezó a crecer sobre la calle Moquegua, fue necesario aumentar la red eléctrica colocando cuatro focos en la prolongación de esta calle, mejorándose también el alumbrado en el ingreso de la plazuela del muelle. En 1940 el servicio de electricidad pasó a responsabilidad municipal, ejerciéndolo por tres meses para lo cual se tomaron los servicios de don Samuel Chinchilla, luego de lo cual el servicio se puso al remate, formulando las bases y las condiciones del mismo. Pero en julio el Director de Gobierno comunicó que se había nombrado a Hans Beck como administrador de la planta eléctrica adquirida por el gobierno y cedida al concejo, asignándole un haber mensual de cuatrocientos soles oro. En realidad el sueldo que percibió Beck fue de S/ 250.00 debido a los escasos recursos del municipio y del bajo ingreso por el cobro del alumbrado, pues “aun suprimiendo un empleado, no queda superavit para este concejo.” El servicio de alumbrado público se daba desde las cinco de la tarde hasta las cinco de la mañana.

Para abril de 1941, las cuentas de la planta eléctrica arrojaban pérdidas, por lo que el servicio sufrió restricciones, reduciéndose desde las cinco y media de la tarde hasta las tres y media de la mañana del día siguiente sin considerar ampliación de la escasa red existente por lo que parte de la población no gozaba de este servicio. Y así se mantuvo hasta que mediante Resolución Suprema del 30 de mayo de ese año, la Dirección de Fomento y Obras Públicas comunicó al concejo que las instalaciones de la planta eléctrica pasen a ser administradas por el Ministerio de Fomento. De allí saldría con el tiempo Electro Perú y finalmente Electro Sur.

EL TERREMOTO DE 1948.

    Ilo ha sido testigo y víctima de varios movimientos  sísmicos a través de su historia. El más terrible de ellos fue el ocurrido el 13 de agosto de 1868 que originó un tsunami tan devastador que el antiguo pueblo ubicado en lo que hoy es San Gerónimo fue destruido y debió ser ubicado por órdenes del Presidente Balta en  lo que actualmente es el puerto de Ilo.

  Sesenta años más tarde, días más días menos, Ilo sufrió otro de estos movimientos. El 11 de mayo de 1948 un terremoto der gran magnitud destruyó parte de Moquegua. Según lo que relata Luís Kuon, “a las 3.57 de la madrugada se produjo un violento terremoto de grado 7 en la escala de Mercalli y de aproximación de 50 a 60 segundos. Al primer remezón siguieron dos más, acompañados de ruidos interiores que produjeron justificada alarma en la población, pues raíz del sismo y ante los continuos temblores que se producían, la gente buscó los espacios abiertos para pasar las noches siguientes, unos a la intemperie y otros bajo carpas o armazones de madera y caña cubiertas que se levantaron principalmente en la Avenida de la Estación… A consecuencia del sismo, cayeron por tierra las coronaciones de las dos torres de Santo Domingo que se hicieron en las obras de refacción de dicho templo… También se produjeron cuarteaduras de consideración en la mayor parte de viviendas, algunas de las cuales sufrieron derrumbe de techos y paredes.”
En ese mismo momento Ilo sentía los efectos de este fenómeno natural, acompañado de fuertes vientos que alarmó a la población que inmediatamente fue ganando las calles. Pasado el movimiento algunos regresaron a sus casas a verificar los efectos del mismo y otros prefirieron quedarse en la vía pública por seguridad. Con los primeros rayos de luz se pudieron ver algunos efectos del sismo en las paredes rajadas de algunas casas como ocurrió con las del hospital San Gerónimo, circunstancia que fue aprovechada por el presidente de la Beneficencia Pública de Ilo para solicitar al concejo de ese entonces la concesión gratuita de un terreno para ampliar su local. El movimiento trajo abajo las paredes de la casa cural ubicada al costado del templo de San Gerónimo en la esquina de las calles Callao y 28 de julio.
Pasado el movimiento, el concejo municipal presidido por don Luís E. Ghersi (abril de 1948 a mayo de 1949) dispuso de presupuesto de emergencia para levantar la pared colapsada de la casa cural y destino la cantidad de S/ 1500.00 “con el objeto de comprar chompitas y otras prendas de vestir, para los niños pobres de aquella ciudad (se refería a Moquegua) y que hayan sufrido mayores daños por el sismo.”
Como consecuencia del desastre producido por este terremoto se creó en Lima un Comité Pro Damnificados integrado por personalidades de Ilo y Moquegua, entre quienes se encontraba don Humberto Ghersi Mosquera que ejercía el cargo de tesorero,  y cuyo objetivo era recaudar ayuda desde la capital para dirigirla a los más necesitados del departamento. Un hecho bochornoso, no obstante la desgracia vivida por la población moqueguana, empañó las acciones de este comité a favor de los damnificados del terremoto. Una denuncia de malos manejos contra los integrantes de esta comisión realizada por el diputado de Ilo ante Moquegua, don Raúl Jiménez, ocasionó la protesta inmediata del grupo de apoyo que se hizo conocer mediante una comunicación dirigida al concejo de Ilo; la comuna distrital lamentó esta acusación infundada indicando en otro documento que la misma “ha afectado grandemente la honorabilidad de los componentes del comité indicado, personas netamente moqueguanas e ileñas, de reconocida honorabilidad y solvencia, como también altruistas y filántropos que representan con prestigio al departamento de Moquegua y que han sido ofendidos sin causa que lo justifique” y que integraba, en calidad de tesorero “un preclaro hijo de Ilo” el señor Humberto Ghersi Mosquera. Como consecuencia de esta denuncia el concejo destituyó del cargo a Raúl Jiménez, condenando su actuar “que no interpreta el sentir de los miembros de este municipio ni los del pueblo de Ilo en general.”
Poco a poco la población retomó la tranquilidad. Muchos recordaron el terremoto del siglo pasado. Se cuenta que muy temprano la gente acudió al templo de San Gerónimo a rezar como era costumbre en estos casos, la pared de la casa cural no duró mucho en ser levantada, la autoridad recorrió el pueblo constatando que los daños no eran muy terribles, dispuso de algún ayuda y poco a poco retornó la calma y la gente se fue olvidando de este hecho.